Algunos días aparece él. Viene por detrás me abraza y me besa en el cuello, intentando hacerme creer que la noche ha significado algo. Otras mañanas viene ella..., me acaricia las piernas y posa sus labios en

Me gustó. Me gustó muchísimo llevar yo el control, verlo enloquecer debajo de mí. Saber que estaba haciendo mi trabajo y que lo estaba haciendo bien. Cuánto me gustaría poder explicar lo que siento cuando me folla.
Ya ni me importa llegar al orgasmo. Me basta con que llegue él, que me diga que he de tener un máster en comer pollas segundos después de haberse corrido en mi cara.
Y es todo tan clandestino que a veces asusta. Pero me gusta.
Me gusta porque después, al llegar a casa, puedo dormir profundamente. Me gusta porque lo que me hace me lo hace de puta madre, me gusta porque soy mejor que cualquier otra... y lo sé. Me gusta porque enloquece, porque no puede ceder a la tentación de desnudarme y recorrerme con sus manos. Me gusta porque no siento nada en absoluto por él, porque es todo fácil. O eso parece hasta que amanece.
Me gusta saber que quiere que me quede a dormir aunque yo siempre le digo que me gusta jugar con él, pero que “ahora debo volver a casa”.
Siempre parece la última vez, pero tarde o temprano volveremos a caer.